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Editorial  

 

Marcos Castro Bande, un legado intangible.

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Codigo de referencia de este contenido:
:Marcos Castro Bande, un legado intangible. Rev Soc Esp Dolor 19 (2012);4 :171 - 173
 

 

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Aquienes tuvimos la enorme suerte de disfrutar de la amistad del Dr. Marcos Castro, nos ha costado mucho asimilar la noticia de su muerte que nos conmocionó el 21 de junio. Parecía casi imposible que la encarnación por excelencia de la vitalidad y de la lucha ante las adversidades se nos hubiera ido y además de esta manera, calladamente y acompañado de los suyos, pero quizás él prefirió que esto sucediera así porque siempre cumplió el axioma de no causar jamás la más mínima molestia a nadie.

En estos últimos años nos escamoteó todo lo que pudo lo relativo a su enfermedad y enmascaraba su estado de ánimo tras una sonrisa y esa inteligente ironía sin fronteras que tanto echaremos de menos.

Me costa, que en vez de preocuparse por él mismo continúo volcado en los demás, en sus padres, su esposa y sus hijos, y con su trabajo como anestesiólogo responsable de la Unidad de Dolor, un compromiso más allá de lo real.

Esperamos que los especialistas en Anestesiología valoren, sin cicaterías ni prejuicios, su gran contribución al desarrollo de la especialidad, un legado intangible cedido principalmente a la Comunidad de Galicia; una aportación quizás poco pródiga en títulos, pero que refleja, a nuestro entender, un rigor y una responsabilidad académica extraordinaria y sobre todo una manera de hacer las cosas calladamente y en un segundo plano de entrega y servicio a la comunidad científica que, estamos convencidos, sabrá agradecer como se debe, tanto individual como colectivamente.

Lo cierto es que las circunstancias, hijo de un eminente anestesiólogo, el 9 de agosto del 2009, La Voz de Galicia publicaba un artículo referido a los doctores Castro, con el titulo del “El sueño infantil de dos médicos”. El padre soñó con la Medicina desde su infancia carballiñesa; el hijo aprendió a convivir con la anestesia asistiendo a operaciones en el hospital, sus propias actitudes le llevaron a ser uno de los mejores especialistas en dolor de nuestro país.

Pero no es esta, a pesar e su enorme trascendencia, la faceta de Marcos que más quisiéramos destacar ahora, sino esa formación rigurosa, sustentada sobre una concepción profunda de la persona y, a la vez, orientada al ejercicio profesional competente, como servicio a una sociedad. Se formo como residente de Anestesiología, Reanimación y Terapéutica del Dolor en el Complejo Hospitalario de Ourense. Tras doctorarse con una tesis sobre el “Uso clínico del clorhidrato de ropivacaína” en la Universidad de Santiago de Compostela en el 2003, con la calificación de “sobresaliente cum laude”, donde tuve el Honor de ser Miembro del Tribunal, desarrolló un proyecto de alto contenido científico, con una exposición y defensa de la tesis de muy alto nivel. Sus ganas de aprender le llevaron a ampliar su formación en la Universidad de Yale. Su interés se centró muy pronto en el mundo del tratamiento del dolor, dedicándole la mayor parte de su esfuerzo profesional. Su trayectoria pionera en este ámbito será, seguro, glosada por quienes tienen más competencia que yo.

Marcos Castro decía por convencimiento que un hospital de referencia tiene que tener una buena unidad del dolor. Sus amplios conocimientos en este campo hicieron posible la incorporación de las terapias más novedosas a la Unidad del Dolor de su Hospital, movido por el intento de resolver los problemas a sus pacientes Pero por encima de esos proyectos, a Marcos le interesaba cada persona. Conocía nombres y circunstancias familiares de muchos de sus pacientes. Se acordaba de ellos porque les quería y esa amistad era correspondida.

Y con los intangibles que nos ha dejado el recuerdo del Dr. Marcos Castro permanecerá por siempre, porque él supo amar. Amó a su profesión; amó a su familia; amó a sus amigos; amó a la Ciencia; amó a su trabajo y amó a la vida. Un hombre que ama de verdad no muere jamás, porque permanece vivo en todas aquellas personas que le aman y en todas aquellas a las que ayudó, que han sido muchas.

Muchos lloramos la marcha de un amigo bueno, noble, entrañable, magnánimo. Pero nos queda el consuelo de saber que contamos con su ejemplo. Y sabemos que aunque no esté con nosotros- nos sigue mirando.

Prof. Clemente Muriel Villoria

 

 

 

 
 

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